El sueño y el
insomnio seguían luchando en ese campo de batalla que se llama mi conciencia.
El insomnio, con tu nombre como estandarte, avanzó presuroso; mientras el sueño,
con sus lanzas cansancio, detenían a su enemigo con mucho éxito. Entonces el
otro frente, que no sabe rendirse, saca tu sonrisa y ruge con tu voz. Sin
embargo el sueño no se acobarda y vuelve con su artillería pesada: oscuridad,
comodidad, silencio; pero el insomnio, sin dar el brazo a torcer, vuelve a la
carga con tus ojos.
La lucha sigue hasta que el sueño
cae vencido, rodeado de frazadas y almohadas desechas; con los ojos bien
abiertos el insomnio, cansado, se yergue herido, pero triunfante y con perfume
a tu nombre.
Y me tengo que levantar a hacerme un té y
pensar de nuevo en vos. Pero cuando las lanzas cansancio sean invencibles,
porque la lucha se va a volver a dar, volveré a esos sueños tristes en los que
vos no estás, sueños en los que el cuchillo en tu piel y yo de nuevo si poder
hacer nada. Despertar llorando y todavía sin saber el por qué de tu suicidio,
hermano; dijiste que no nos podíamos despedir, pero no te das una idea cuanto
anhelo poder decirte adiós, y que el insomnio pierda todas las noches esa
guerra que te proclama dueño de mi alma.
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