Miró la edificación
con desprecio, con odio. ¿Por qué construyeron eso en su territorio?, ¿con qué
derecho edificaron sin su permiso? Definitivamente no iba a tolerar tal falta
de respeto.
Destruyó el
castillo en un abrir y cerrar de ojos. Los muertos y heridos quedaron
desperdigados por el terreno, los sobrevivientes corrían sin rumbo. Hasta que,
obligados en cierto modo por la naturaleza, protegieron a sus hijos y a la
cabecera de su reino.
Entonces un grito
se escuchó en el campo de batalla:
— ¡Martín, ¿qué
estás haciendo?!
— ¡Nada, mamá! —
mintió el niño. Aunque quizás él pensara que el hecho de haber matado miles y
miles de hormigas, y haber destruido el hormiguero mediante piedras y ladrillos
no fuese algo que valga la pena contarle a su madre.