Cuentos breves. Historias cortas que pueden leerse entre dos tragos de café. Pequeñas narraciones que buscan generar en el lector un suspiro, un destello, una imagen fugaz...

domingo, 26 de febrero de 2012

Dobleces


      Gracias C. A. por la idea     
              — “El papel es uno de los mejores inventos hechos por el hombre. Con el papel se pueden crear universos inabarcables”
              — ¿En serio? — preguntó ella.
— Eso dijo mi tío— respondió él.
— ¿Qué es inabarcable?
— Que no viaja en barco
Los dos niños estaban sentados debajo de un árbol. Él, de un bolsillo, sacó una figura hecha de papel.
—Mi tío me enseño a hacer esto. Te lo regalo.
Ella lo tomó y lo observo detenidamente.
— ¡Un sapo! ¿Si le doy un beso, se transforma en un príncipe?
— Sí— respondió él un podo triste— se transforma en un príncipe de papel.
Ella siguió mirando el regalo.
— ¿Qué? ¿No querés qué se transforme en un príncipe?— preguntó él.
—No. Ya tengo un príncipe: sos vos.
Esta pudo haber sido una hermosa escena romántica, pero no. Pudo haber sido un muy lindo recuerdo para ambos niños, pero no. ¿Por qué no? Porque para que esta escena hubiese sucedido él debía nacer, cosa que no sucedió. Su madre se suicido cuando él cumplía su tercer mes dentro del vientre. Ella renunció a su vida por no soportar el peso del abandono, de la angustia, de la soledad.
Puede decirse que lo escrito más arriba no es una escena incompleta por falta de final, muy por el contrario, es una escena inconclusa por falta de un principio.

jueves, 23 de febrero de 2012

Palos en la rueda


          Érase una vez un escritor al que dejaron ciego, entonces él aprendió Braile y siguió escribiendo.
Al tiempo le cortaron las manos, entonces contrató a alguien para que escribiera lo que él dictara.
Poco tiempo después le cortaron la lengua, entonces él empezó a comunicarse con su escriba mediante código Morse.
Algunos meses después el escriba es atropellado misteriosamente por un auto, entonces el aprendió a usar Braile con los dedos de los pies.
 Años más tarde, dicho escritor muere de un ataque al corazón dejando tras si cientos de libros.
Al día de hoy todavía se lo recuerda como: “el incansable escritor de libros horribles”.

domingo, 19 de febrero de 2012

Carta


Dedicado a I.M.

Querida hermana:

            Quizás te extrañe que te escriba por este medio, pero bien sabes lo horrible que es mi letra. Además tengo un buen motivo para escribirte por acá. Estuve pensando que no siempre estamos juntos  y probablemente en algún momento me necesites mucho. Tal vez esto suene muy egocéntrico de mi parte pero francamente no me interesa.

            Te escribo estas líneas para dejarte una parte de mi, una parte a la que puedas abrazar, sobre la que puedas llorar; una parte que puedas guardar debajo de la almohada o en algún bolsillo. Pero también para que puedas matarme, quemarme, sonarte la nariz conmigo (admítelo, siempre quisiste hacerlo) y después, con un arrepentimiento libre de culpas, vayas a una librería (o a una impresora) a buscarme y vuelvas a tenerme ahí a tu lado.

            Pero bueno niña, bien sabrás mis cartas son cortas y también sabrás que las cartas tienen un final, así que me despido, no de vos si no del teclado, ya que, en estas instancias de nuestras vidas, tenemos la hermosa imposibilidad de despedirnos realmente.

                                                                       

domingo, 12 de febrero de 2012

Lucha




Y nos embarcamos en esa pequeña lucha que es desvestirnos. Veo con envidia la luz de la luna que te acaricia. Entonces caigo a tus labios, a tus ojos, a tu respiración, a tu piel.

En eso, tu pelo, el aroma de tu pelo. Te beso azarosamente la piel y vos me detenés, me soltás, me agarrás, me rasguñás, me mirás, me olés, me sentís.

Pero la cama empieza a ser insuficiente y la dejamos, y empezamos a dar vueltas por la habitación.

Te soltás, te veo bailar, volvés y jugamos.

Y de vuelta en la cama, de vuelta las sábanas, de nuevo todo. Hasta que el cansancio comienza a aprisionarnos. Nos miramos, y despacio nos soltamos. Nos miramos y en silencio decimos: ¿Quién es el cansancio para separarnos?

Por eso sacamos fuerzas de donde podemos y de nuevo entramos en esa lucha que llamamos querernos. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Perro

Era de noche, el tiempo se deslizaba por los pasillos del viejo y atestado hospital, cuando un perro entró, pero no era un perro cualquiera, por supuesto que no.
Él lo vio pasar enfrente de la habitación 115, pero no podía irse, no podía dejar a su madre allí. Escuchó el ladrido y era inconfundible; no pudo resistirse, así que dejo a su madre y fue tras él. Las muletas hacían un sonido cuasi sincronizado.
Entonces lo vio blanco con una mancha en el cuello, definitivamente era el perro.
Ése perro debería estar muerto
mamá manejaba
intentó eludirlo pero no pudo
yo lo vi y luego…
y luego…
el otro auto
el que vino de frente
y mi pierna.
Pero el perro estaba ahí, era blanco y tenía una mancha, entonces se acercó al joven y lo miró con cara suplicante. Él, no con poco esfuerzo, se agacho para acariciarlo y el animal empezó a dormirse y su madre…
¡Mamá!
Tuve un extraño presentimiento y volví a la habitación 115
cuando mire a mi mamá ella me devolvió la mirada
despertó del coma después de tanto tiempo
despertó, pero el perro… se durmió para siempre.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Ansia de liberación

Por más dolorosa que sea, la libertad es una de las cosas más valiosas de este mundo. Pensemos en el coyote, que al caer en una trampa, prefiere cortarse una extremidad a perder su libertad. Durante siglos y siglos cuántos ejércitos se han movido en su búsqueda, cuánta muerte y cuánto dolor ha caído sobre seres que buscaban salir de sus respectivas jaulas y, sobre todo, cuánto dolor ha traído el perder esa libertad por la que tanto se ha luchado y tanto se ha arriesgado.
Éste caso, que estoy viendo, no dista de la lógica del obtener y mantener dicha libertad cueste lo que cueste.
Él cayó en una trampa y no deseaba quedarse allí, tenía que escapar como sea. Él, con más fuerza de la que lo creí capaz, empezó a zafarse y su sangre empezó a manchar todo a su alrededor. Su lucha duró varios minutos, hasta que por fin, para sorpresa mía, salió dejando parte de él en su cárcel. Dio algunos pasos  tambaleantes y, luego, murió desangrado, pero en libertad.
Algunas jaulas se llaman rutina, otras matrimonio, algunas tristeza… En muchas ocasiones nosotros mismos elegimos nuestras cárceles, pero él no eligió su prisión, fui yo el que se la puso; y esa jaula… se llama ratonera.