Ella estaba una edad en la cual
nada parece imposible.
La niña pintaba el cielo. Salía
al balcón del departamento del quinto piso y flameaba su seco pincel en el
aire. Y a medida que ella pintaba, el firmamento, celeste y frío, se volvía
hacía la gama de los rosas y naranjas.
Al principio seguía las reglas,
las tardes tenían el color de las tardes y las noches el color de las noches.
Pero con el tiempo aprendió y pudo lograr que los días, con nubes negras y
tormentosas, se volviesen oscuros y que las noches, con una luna dorada y
brillantes estrellas, se volvieran luminosas. Sin embargo tenía un problema:
los amaneceres. No importaba cuantas veces intentará pintarlos, ellos no eran
perfectos. Se levantaba por las madrugadas a transformar la noche en día, y
siempre había algo que hacia mal y no sabía qué. Así que practicó. Y practicó.
Hasta que una mañana lo consiguió. Violetas, rojos, naranjas y amarillos en un
balance perfecto. La niña lloró feliz, como muchos otros que tuvieron la suerte
de ver aquel amanecer, su amanecer. Tan orgullosa estuvo que quiso sentir su
obra más cerca, quiso abrazarla. Se subió a la reja del balcón, pero esa
cercanía no le bastó, así que dio un paso más, hacia su cielo, hacia la nada.
El hermoso amanecer se borró al
instante y con negras nubes se cubrió de luto. Poco a poco cayeron gotas de
agua salada. No era lluvia. Eran las lágrimas de un cielo lleno de tristeza,
porque nunca nadie lo volvería a pintar con tanta hermosura como ella.
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