Y nos embarcamos en
esa pequeña lucha que es desvestirnos. Veo con envidia la luz de la luna que te
acaricia. Entonces caigo a tus labios, a tus ojos, a tu respiración, a tu piel.
En eso, tu pelo, el
aroma de tu pelo. Te beso azarosamente la piel y vos me detenés, me soltás, me
agarrás, me rasguñás, me mirás, me olés, me sentís.
Pero la cama
empieza a ser insuficiente y la dejamos, y empezamos a dar vueltas por la
habitación.
Te soltás, te veo
bailar, volvés y jugamos.
Y de vuelta en la
cama, de vuelta las sábanas, de nuevo todo. Hasta que el cansancio comienza a
aprisionarnos. Nos miramos, y despacio nos soltamos. Nos miramos y en silencio
decimos: ¿Quién es el cansancio para separarnos?
Por eso sacamos
fuerzas de donde podemos y de nuevo entramos en esa lucha que llamamos
querernos.
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